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sábado, 10 de septiembre de 2011

El amor ni se exige ni se impone


Me pesa ser un hombre bueno, sentir como propio el daño ajeno, amar con arrebato y entregar la vida por un beso. Me pesa, sí, pero me pesa por observar cierto egoísmo en cuanto doy, en cuanto siento y en la entrega del amor porque espero ser correspondido de igual modo y, eso más o menos, es un trueque que desdice la bondad que presumía.


Mas, el desengaño, la pérdida de un amor que le hacías tuyo, entraña sufrimiento, dolor y pesar, se cierran las ventanas al futuro y la angustia oprime el corazón hasta el ahogo. Y… ¿qué hacer cuando el sentimiento esclaviza a la razón? Se me ocurren estos versos por si en ellos encuentro la respuesta sabiendo que el amor, ni se exige ni se impone:

Haber vivido mucho
nos muestra los colores de la vida,
todos lo sabores de la fruta,
la quinina con toda su amargor
y la acidez del vino rancio.



Es un bagaje
que fue recopilado en la andadura
de cada tramo,
y triste es olvidar
que en ellos,
son parte del rosal
la rosa y las espinas.



Los besos se desgastan,
se acaban las palabras
y se olvidan promesas y suspiros,
pero…
a uno de los dos, como la muerte,
le llegará más tarde
el soplo del olvido.

Sí, ser bueno pesa.
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domingo, 7 de agosto de 2011

Zapatito de cristal


Expresar los sentimientos, me preguntas. ¿Qué sentimientos? ¿Los que duelen y muerden el alma? ¿Aquellos que son manifestación de alegría? ¿Los pasados que abruman de nostalgia, o los que promueven las miserias del mundo en que vivimos? Además, es tan distante la valoración de un mismo sentimiento entre uno y otro ser, que temes caer en el ridículo al manifestar los tuyos.

Pocas veces nuestras emociones importan algo a quien no es parte interesada de las mismas y, aún así, porque alguien en un equívoco me llamó príncipe, dejo constancia del sentimiento que ese adjetivo puede despertarnos.

Porque en cierta ocasión me llamaron príncipe de sueños, de príncipes y princesas irá el cuento, que bueno será creer aún en la inocencia de Blancanieves, o la bondad de Cenicienta.

Los hay de sangre azul que despiertan admiración y envidia. Seres tocados por la varita mágica del Destino que los hizo hijos de reyes.

Otros, son aquellos soñados príncipes y princesas de los cuentos de hadas, personajes que despertaron la fantasía en la niñez.

Pero nunca han sido más importantes para el enamorado o enamorada, que los príncipes y princesas de sangre roja y caliente, título regio que se otorga solamente a quien se ama.
                                                        
*
Mi príncipe encantado, mi príncipe poeta. Princesa de mis noches y mis días. Príncipe tuyo, princesa mía. Príncipe él, ella princesa. Pero de roja sangre que llena el corazón y lo fustiga, lo alimenta y hace que palpite acelerado. Se desborda en la dicha que se ofrece a borbotones y morirías por él, o ella, por no perder sus besos.

Pero... ¡Ah! Cuándo la duda embarga el sentimiento, el corazón... ¡revienta! Se derrumba el principado, bombea la sangre con tal fuerza que retumban en las sienes mil tambores.

Desolación en el alma, angustia en la garganta, puertas de futuro que se cierran, hálito de vida que se escapa.

Y... sigue habiendo príncipe o princesa todavía. Que ya no es tuya.

Ilusión efímera, pasajera fugaz como eclosión de la fronda, que irrumpe en primavera y luce mil colores en sus flores y hojas tiernas, y a poco, ramas desnudas y alfombra cubriendo la dehesa con manto de hojas secas.

Zapatito de cristal que se adaptó al pie de Cenicienta, tan frágil era, que como cristal rompió emulando a la ilusión, y con él, el sueño que soñé de ser su príncipe, y ser ella mi princesa.
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sábado, 3 de abril de 2010

3ª carta que me escribo.




Soledad
*
 

Hoy es un día como tantos, como muchos, casi como todos, todo sigue igual en el mundo que me envuelve; vegeto entre la calma de un tiempo que el reloj detuvo perdidas las agujas de las horas. La vida es un hastío cuando la soledad te cerca y no hay más objetivo que mirar tras la ventana esperando que los cuerpos alarguen sus sombras. Hoy, se asoma el desencanto porque el silencio ahogó la primavera de un corazón esperanzado y vuelve la moviola a recordarme la efímera ilusión del pensamiento fiado en la ignorancia.

Sé que estoy en el tiempo y lugar equivocado, que nací tocado de nirvana y no asumo la renuncia al canto de otros dioses.

Y aunque me batan las olas cuanto quieran, alfombren de piedras mi sendero, de espino las veredas y un abismo de vacíos cerque el paso, no logrará el Destino acallar el grito de mi alma que clama en el desierto.

Prisionero de un sentir nunca vivido, seguiré soñando, y creyendo que el mundo es diferente, que un día romperán las cadenas que me enclaustran y el dios de las bondades me mostrará la senda.

Pero… pueda ser, que llegue tarde.

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Carlos Serra