viernes, 21 de enero de 2011
SUPOSICIONES
martes, 1 de junio de 2010
Una alma pura en el balneario
miércoles, 12 de agosto de 2009
El gran atasco

*
Sentado en un banco del amplio bulevar, Javier observa complacido el atasco de coches que inútilmente intentan circular por la gran avenida de entrada a la ciudad.
El ensordecedor sonido de los claxon hace más estresante la obligada espera; los conductores se apean para otear, hasta dónde, la larga caravana que ocupa los cuatro carriles de la avenida. Bajan las ventanillas para jurar y blasfemar con el conductor vecino y maldecir desde al Sr. Alcalde al Presidente del Gobierno. Por si fuera poco, un tramo más adelante –justo frente a donde se encuentra Javier presenciando el caos –un coche se halla detenido sin nadie en su interior dificultando aún más la circulación.
–Pobre gente, hasta es posible que alguno sufra un infarto, eso es peor a que se te apague la lámpara practicando la espeleología a cincuenta metros de profundidad.
Con estas reflexiones para sí, y expectante, enciende un cigarrillo dispuesto a esperar hasta ver que pasa.
Veinte minutos después la situación no ha cambiado, pero un coche de policía consigue llegar al lugar donde el vehículo, al parecer averiado, es el prncipal obstáculo. Presencia divertido cómo los más próximos gritan y gesticulan sin que los agentes se inmuten ni respondan. Mientras dos de ellos empujan el automóvil un tercero mueve el volante y pronto queda aparcado sobre el paseo del bulevar.
Luego, a fuerza de pitido y moviendo los brazos como aspas, en unos pocos minutos van logrando que el tráfico se descongestione y media hora más tarde la circulación vuelve a su normalidad.
El coche sigue aparcado sobre el paseo y Javier que terminó su segundo cigarrillo da por finalizado el pasatiempo, mira su reloj y se dirige al automóvil, levanta el limpiaparabrisas, recoge la denuncia y se introduce en su interior mientras piensa.
–Las diez treinta. Bueno, hice tarde a la oficina y como ya se puede circular me vuelvo a casa; mi psiquiatra lleva razón, nada mejor para el estres que no inmutarse.
Carlos Serra
viernes, 14 de noviembre de 2008
POR UNA ACEITUNA
Oscar algo amedrentado saluda al anciano de barba blanca que se levanta de su asiento para recibirle.
-Siéntate, hermano.
-Gracias, le agradezco su amabilidad porque estoy algo nervioso.
-No te has de preocupar por nada, y apéame el tratamiento por favor, aquí no es necesario y te expresarás con mayor tranquilidad. Soy todo oídos.
-Pues verá... verás. Este mediodía entré en una cafetería con el deseo de tomar una cerveza y unas aceitunas, no había nadie y la joven camarera vino solícita a servirme.
-Caballero ¿Qué le pongo?
–Una copa de buen vino y unas aceitunas, por favor.
–El buen vino sí pero las aceitunas me temo que no podrá ser. Serví las últimas al cliente que se acaba de marchar.
–Pues… quizá… ¿unos calamares a la romana?
–Enseguida, señor –Y fue a la pequeña cocina del bar a prepararlos.
- ¡Calamares! ¿Qué tenían qué ver los calamares con las aceitunas? –Pensé – Además, estaba contrariado, ya era la tercera vez que entraba en un bar sin poder satisfacer ese deseo ¡No, si cuando me da el antojo...! Y es que si una idea se me mete en la cabeza, me obsesiono. En todo me ocurre igual, parezco un crío, pero el caso es que la boca se me hacía agua al recordar su sabor.
-Deberíamos reprimir los deseos excesivos, pero… continúa Oscar.
-Míralo –me dije – aún está ahí el servicio del afortunado que se comió las últimas, la jarra de cerveza y el platito ovalado blanco y vacío ¡Cómo habrá disfrutado el amigo! –Pensaba con envidia mientras lo remiraba y añadí entre dientes exagerando –Si ahora mismo me dejara llevar por el deseo daría hasta la vida por una aceituna; da lo mismo verde o negra, arbequina o de aragón.
–Ciertamente ya era un antojo desmedido ¡vaya que sí! –le interrumpe su interlocutor.
–Llegué al extremo de apartar la jarra por si hubiera caído alguna sobre el mostrador. Además, las aceitunas me despiertan el recuerdo de Rosana. Ella era la causante de mi pasión por el sabroso fruto y decidí llamarla para volver a vernos esa misma noche. Claro está que le pregunté si tenía.
–Tranquilo, toda una colección. Terminaremos con ellas en la terraza entre beso y beso…
–Sí, por favor, que acabo de decir que hasta la vida daba ahora mismo por una oliva.
Ella soltó una risita.
–Pues imagínalas mezcladas con nuestros… sabores… –me respondió en tanto reíamos los dos.
-Una gran velada a la vista, no cabe duda. Pero, sigue, sigue –insta el anciano a Oscar que disfruta con el recuerdo.
–Ya poco más tengo que contarte - entorné los párpados memorando el placer de degustarlas con tal miscelánea de sabores- verás, al abrir los ojos descubrí en el extremo del platito… ¡una aceituna! Y Sevillana, con su vestido de manzana y el brillo de su piel jugosa. Provocándome.
Qué hermosa se mostraba luciendo su rabito. Era un pecado dejarla. Había aparecido como por arte de encantamiento y no pude contenerme. Miré a la joven que seguía en la cocina preparando los calamares y sin rubor estiré el brazo y tomé el deseado manjar.
Mientras la paladeaba, exacerbado el sentido del gusto, crecieron las ansias de ver a Rosana sin esperar a la noche. Dejé sobre el mostrador un billete de cinco euros y abandoné el establecimiento sin reparar en nada.
Y aquí me tienes, Pedro –ya que quieres que prescinda del tratamiento –no me apercibí del coche que se me vino encima y el resto bien lo sabes. De no haber sido por la dichosa aceituna…
Carlos Serra
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