domingo, 22 de febrero de 2015


Imagen tomada de Internet
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Hoy, el día se me hace triste. La niebla cubre el valle y difumina el entorno. Se desdibujan los cuerpos y los árboles son sombras.

Sombras como las páginas de mi ayer donde tú estás impresa. Y apenas te recuerdo, se borró el tatuaje de tu nombre en mi retina, amor que fuiste. Hoguera en que quemé todas mis velas. Rendida mi admiración por tus encantos, sintiéndome tu dueño, medía con los labios tu piel como alabastro y mis manos paseaban tus veredas. Quería respirar sólo tu aliento y morir en cada uno de tus besos.

¿Recuerdas?
El paseo entre los álamos, arces y acacias en las orillas del río. Y al caer las tardes frías, mi pecho era el refugio para tu frío.

¿Recuerdas?
Las meriendas junto al torrente, que al rebotar entre peñas nos salpicaban sus aguas. Y te reías.

Y el lecho de hierba fresca bajo el sauce...
¿Lo recuerdas?
Nuestros juegos, las carreras... ¡Qué té cojo! ¡Qué té pillo! La playa, el sol... Noches de luna y arena en nuestros cuerpos desnudos.

No puedo creer tal desgaste en el amor ¡Si eras mi Cielo, mi noche, mi día, mi celo. Y todos los momentos de aquél entonces. Estrellas refulgentes las chispas de tus ojos, arrope y miel los jugos de tu boca.

Maldito el bendito amor que tanto engaña. Se derrite como el hielo siendo fuego. Bello y frágil cristal de Bohemia, que si rompe, lastiman sus fragmentos.

¿Me fui? ¿Te fuiste? Nos fuimos poco a poco sin apenas darnos cuenta.
Llama, incendio, lava incandescente que el tiempo va apagando. Al fin sólo el rescoldo. Después, nada.

Cenizas que cubrirán hasta el recuerdo.
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miércoles, 20 de marzo de 2013

Las aguas de tu río






Recorte óleo sobre tela de Carlos Serra
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Se va secando el cauce del río cristalino donde saciaba la sed de mis deseos; discurrían impetuosas las aguas sorteando meandros, rocas y diques o, se precitaba por barrancos en estruendosa cascada hasta la poza, donde su espuma blanca, ascendía convertida en nubes de algodón irisando la luz del sol en múltiples colores; desbordada, seguía su curso buscando el llano en un zigzag relajado hasta el estanque. Venció cañadas, terrenos pedregosos y mil escollos, pero al fin, la presa infranqueable le impidió llegar al mar y lo convirtió en lago cortando su destino.

Sus aguas ya no corren, solo una compuerta se abre de cuando en cuando y, por su cauce seco, apenas unas gotas me recuerdan con pesar la bravura de cuando fue torrente, cascada, caudaloso río que mi sed saciaba.

Hoy, observo con tristeza que en mi jardín las flores se marchitan porque les falta, como a mí, el agua de su río. 
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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Maté al tiempo



Acabo de matar al tiempo, así, cómo lo digo, porque me he dado cuenta de que es efímero, sólo es un tramo de la vida guardado en el rincón de la memoria sin dimensión alguna ni opción a vivirlo por segunda vez, el tiempo es tiempo  mientras lo vives, es como la vida, un instante repetido en el presente que no se puede guardar para después, ni esperar que el ya vivido nos alcance, atrás quedó con sus penas y alegrías e inútil es recurrir a la memoria para sentir el roce de aquella piel o el gozo de una lánguida mirada en las retinas. Pasó. Perdido se halla en las hojas de viejos calendarios mientras nos espera el gran desconocido con otros horizontes. Por eso digo que hoy… he muerto al tiempo.

Y heme aquí, roto el cascarón la luz ciega mis ojos, limpio de pasado, dispuesto al devenir que comienza en despuntar el alba despertando la ilusión por el mañana.

Y puede, claro que sí, puede que sigan los reveses ahondando en la desdicha, puede que algún dios del infortunio quiebre mis alas o que se agriete la tierra al peso de mi huella, puede, pero no podrán vencerme ni los dioses ni avatares, que siempre han de quedarme los sueños y el espíritu.

Tan solo he de rendirme al dardo del amor, que abierto está mi pecho al mágico dolor de ese sentimiento.  
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sábado, 10 de septiembre de 2011

El amor ni se exige ni se impone


Me pesa ser un hombre bueno, sentir como propio el daño ajeno, amar con arrebato y entregar la vida por un beso. Me pesa, sí, pero me pesa por observar cierto egoísmo en cuanto doy, en cuanto siento y en la entrega del amor porque espero ser correspondido de igual modo y, eso más o menos, es un trueque que desdice la bondad que presumía.


Mas, el desengaño, la pérdida de un amor que le hacías tuyo, entraña sufrimiento, dolor y pesar, se cierran las ventanas al futuro y la angustia oprime el corazón hasta el ahogo. Y… ¿qué hacer cuando el sentimiento esclaviza a la razón? Se me ocurren estos versos por si en ellos encuentro la respuesta sabiendo que el amor, ni se exige ni se impone:

Haber vivido mucho
nos muestra los colores de la vida,
todos lo sabores de la fruta,
la quinina con toda su amargor
y la acidez del vino rancio.



Es un bagaje
que fue recopilado en la andadura
de cada tramo,
y triste es olvidar
que en ellos,
son parte del rosal
la rosa y las espinas.



Los besos se desgastan,
se acaban las palabras
y se olvidan promesas y suspiros,
pero…
a uno de los dos, como la muerte,
le llegará más tarde
el soplo del olvido.

Sí, ser bueno pesa.
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domingo, 7 de agosto de 2011

Zapatito de cristal


Expresar los sentimientos, me preguntas. ¿Qué sentimientos? ¿Los que duelen y muerden el alma? ¿Aquellos que son manifestación de alegría? ¿Los pasados que abruman de nostalgia, o los que promueven las miserias del mundo en que vivimos? Además, es tan distante la valoración de un mismo sentimiento entre uno y otro ser, que temes caer en el ridículo al manifestar los tuyos.

Pocas veces nuestras emociones importan algo a quien no es parte interesada de las mismas y, aún así, porque alguien en un equívoco me llamó príncipe, dejo constancia del sentimiento que ese adjetivo puede despertarnos.

Porque en cierta ocasión me llamaron príncipe de sueños, de príncipes y princesas irá el cuento, que bueno será creer aún en la inocencia de Blancanieves, o la bondad de Cenicienta.

Los hay de sangre azul que despiertan admiración y envidia. Seres tocados por la varita mágica del Destino que los hizo hijos de reyes.

Otros, son aquellos soñados príncipes y princesas de los cuentos de hadas, personajes que despertaron la fantasía en la niñez.

Pero nunca han sido más importantes para el enamorado o enamorada, que los príncipes y princesas de sangre roja y caliente, título regio que se otorga solamente a quien se ama.
                                                        
*
Mi príncipe encantado, mi príncipe poeta. Princesa de mis noches y mis días. Príncipe tuyo, princesa mía. Príncipe él, ella princesa. Pero de roja sangre que llena el corazón y lo fustiga, lo alimenta y hace que palpite acelerado. Se desborda en la dicha que se ofrece a borbotones y morirías por él, o ella, por no perder sus besos.

Pero... ¡Ah! Cuándo la duda embarga el sentimiento, el corazón... ¡revienta! Se derrumba el principado, bombea la sangre con tal fuerza que retumban en las sienes mil tambores.

Desolación en el alma, angustia en la garganta, puertas de futuro que se cierran, hálito de vida que se escapa.

Y... sigue habiendo príncipe o princesa todavía. Que ya no es tuya.

Ilusión efímera, pasajera fugaz como eclosión de la fronda, que irrumpe en primavera y luce mil colores en sus flores y hojas tiernas, y a poco, ramas desnudas y alfombra cubriendo la dehesa con manto de hojas secas.

Zapatito de cristal que se adaptó al pie de Cenicienta, tan frágil era, que como cristal rompió emulando a la ilusión, y con él, el sueño que soñé de ser su príncipe, y ser ella mi princesa.
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viernes, 8 de julio de 2011

¿Loco, o cuerdo?


Porque alguien leyendo mis escritos me dijo cierta vez que si estoy loco, intento razonar si escribo como cuerdo mis locuras, o corduras escribo siendo loco.

Mi duda es dónde empieza y dónde acaba la razón o lo absurdo, lo lógico, o el desatino, cuando todo el comportamiento social responde a la cultura del pueblo en que se habita.

Seguimos normas de conducta establecidas sin tener en cuenta nuestra aptitud, ni la capacidad de cada cual, ni valen un pito los sentimientos más que para uno mismo.

Por eso escribo y grito, para mí, para mi ser escondido vertiendo en el papel la queja, que a nadie importa mi quejido.

O en lo alto de un monte, donde solo el eco puede responder mi grito. Allí, extiendo los brazos en el intento de abrazar la tierra y el cielo, y solo entre mis brazos queda el viento.

Nada.

¡Que dolor, que esfuerzo! Navegar toda la vida contra corriente río arriba, sacrificando instintos básicos, sujetos a mostrar la imagen que quieran ver los ojos que nos miran. Máscara que nos oprime y ciega la propia identidad.

Ahí mis dudas, si estoy cuerdo en mis locuras, o loco en la sinrazón de mi cordura.

¿Por qué es pecado expresar lo que se siente? ¿Por qué sufrir eternos desengaños con la sonrisa en los labios? ¿Por qué morir de amor y callarlo, o sentir que se ha perdido y disimular el llanto? 
¿Por qué? ¿Por qué?
 ¿Por qué...?
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martes, 7 de junio de 2011

Una noche con venus



Sucedió en Mérida, provincia de Badajoz, antes Mérita Augusta, capital de Lusitania. Hermosa ciudad romana en la que sus ruinas hablan por sí solas de pasados esplendores. Ciudad, dónde los dioses del Olimpo fijaban de tanto en cuanto su residencia. Cuando menos, Diana y Marte cuyos templos que aún se conservan, dan fe de su paso, y por si valiera de algo, contaros quiero lo que a continuación os cuento, sin que a mí me quepa duda de la veracidad de este cuento:

A esa ciudad llegué de lejos.
Cansado y solo,
de amores desventurado,
que aunque los llevara en el alma,
en otras tierras quedaron.
Y cuando reinaba la calma,
en el cielo Luna llena,
y pálida luz en la estancia,
tras la lectura de un libro
que sobre dioses trataba,
me quedé dormido
entre colores de plata.
En cerrar los ojos soñ
que Venus me visitaba.

Viéndome tan sólo, quiso consolarme,
y una historia de amor
con el último de sus amantes,
vino en mi sueño a contarme.
Su voz como un susurro,
mientras dormía, llegaba a mis sentidos
y con dulce son de arrullo,
queda, murmuraba en mis oídos:

Descansa, reposa
mientras estás dormido,
pero en mi sueña...
Imagina cuanto te digo,
imagina... un palacio,
un aposento, suelo de mármol,
paredes de cristal,
columnas de alabastro,
y en el centro... un baño.
Como el de Afrodita,
concha de nácar...
llena de agua
y de espuma blanca.

Frente a mí, aquel, mi amante,
venido de lejanas tierras,
de franca mirada, porte arrogante.
Español para más señas.

No sé bien el porqué de que entre todos mis amores sin ser este en mi corazón, el elegido, tanto cumplía mi gozo, tanta pasión vertía en mis sentidos. Su figura, ni su física apariencia, competía en hermosura con otros hombres rendidos a mis pies... Más allí estaba, y en verle dispuesto a complacerme, olvidé anteriores aventuras.

¿Duermes? ¿Sueñas?
Sigue, sigue soñando,
y para tu buen reposo,
tu vana ilusión y tu gozo,

piensa que eres tú
el hidalgo caballero que vivió
aquel encuentro amoroso.

Bastó sólo unos besos cambiendo los sabores y las plumas de sus dedos paseando por mi espalda para que un frenesí mudara la conciencia. Singular escena la pelea de los cuerpos por la agitación desbordada y las frases invitando a la lujuria.

Recuerda:
Mis senos en tus manos,
mis labios en los suyos,
mis ojos en tus ojos,
arrebolados de amor
jugábamos con antojo,

tu cuerpo quemaba a mi contacto,
inefable placer sentir tu gozo.
En cada beso, el corazón
se escapaba de mi pecho,
a cada suspiro,
mis ansias por amarte
crecían con anhelo.

Era avidez, ahínco,
apetencia de tu cuerpo,
codicia, fervor, delirio.
lujuria en sí, buscando tus rincones,
cediéndote mis huecos y hondonadas.

¡Que desvarío! ¡Cuantos sones de campanas de amoríos anteriores se rompían en añicos! Éstas, tocaban a gloria y anunciaba su tañer otro horizonte para mi jardín florido. Me entregué a él, de la noche al alba; más a su corazón, que a la desbordada libido. Era a su persona, a su sentimiento de amante enamorado a quien me ofrecí sin usura y sin recato.

Como ahora en tu sueño
donde en ti me tienes,
donde te adentras y me enloqueces,
me curvas,
te retuerces,
me aspiras,
te beso,
te estrujo,
te acaricio, me muerdes,
te siento en mis entrañas
y sientes que te vienes,
y sabes que ya llego…
prolongando un grito de placer
nuestras gargantas.

Podrán sonar más campanas
en mi vida de diosa enamorada,
Más, nunca, ¡nunca!
apagarán sus sones
el eco de las que en tu sueño
repican esta noche
a mágicos albores.
                 *

Así terminó el cuento,
la historia que para distraer
mi soledad,
Venus me confesara en sueños.
Más... no podría decir de cierto,
si fue la diosa, o fruto fue
de mi pensamiento.

 ***    

sábado, 2 de abril de 2011

la caída de las hojas



Busco en los rincones de mi yo, resquicios por donde la melancolía se cuela auspiciada por la sombra de mis pasos cuando eclipsa el sol y ahuyenta primaveras; infinita tristeza que me agobia.¿Dónde y cuándo punzaron las espinas de la rosa el débil talismán de mi alegría?


¿Cuando se trocaron los colores en mi al alma?
¿Dónde cambió el viento que impelía mi nave?
¿Cuándo, me arrinconó en la rada?
¿Dónde quedaron embarrados mis anhelos?



¿Dónde, cuando?
¿Cuándo, dónde?
¿Dónde?
¿Dónde?


¿Dónde estaba ella y dónde estoy yo que no me hallo?Abismo a mis pies al que me asomo con Ícaro tomándome la mano sin que el vacío me amedrente, que no hay vacío de mayor vértigo que el ver caer las hojas y estar solo en el mar de las nostalgias.

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viernes, 21 de enero de 2011

SUPOSICIONES

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*
La llamó a las ocho, y pensó; aún duerme.


La llamó a las nueve, y pensó; se acostaría tarde.


La llamó a las diez, y pensó; se estará bañando.


La llamó a las once, y pensó; no quiere hablarme.


La llamó a las doce; era cadáver.
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            Carlos Serra

jueves, 2 de septiembre de 2010

EL BESO



Cuando el viento del sur sopla saudades, abro las ventanas para que penetre el aire y se llenen mis pulmones del aliento que dejó en mi boca con su beso, un sólo beso, y fue bastante para saber que ya me amaba.
Era noche cerrada y bailaban las estrellas sobre las ondas del mar, y en el horizonte, una tenue claridad anunciaba el despuntar de la Luna; a lo lejos, la luz de las farolas del paseo solo era referencia que medía la distancia. Ella y yo, paseábamos la orilla sin zapatos chapoteando el agua; guardábamos silencio con tanto qué decirnos porque era difícil articular palabra sin descubrir la emoción que nos absorbía.
La tomé de la mano y sentí la presión de sus dedos en la mía en clara complicidad de un deseo compartido. El corazón rendido no pudo negarse a la caricia y me entregó su alma entre ola y ola esparcida por la arena. Agitados los suspiros, crecían sin freno las ansias por sentirnos. De su cuerpo al mío apenas nada, mi ropa y la seda de su vestido; lo mismo hubiera sido un muro porque eran sus ojos manteniendo mis pupilas prisioneras, eran sus hombros, su cuello y su piel en mis mejillas. Ceñí su talle en un abrazo, descansó en mi pecho la cabeza, ascendieron mis manos por su espalda y un ¡te amo! me escapó de la garganta.

Es extraño que pueda el beso derramar el llanto, esculpir en el alma una sentencia o firmar un compromiso, negando que solo sea el dolor causante de las lágrimas. Asomaron de sus ojos dos diamantes, sabor a sal, agua de mar que bañaban nuestros pies descalzos en la playa. Alzó el rostro, me miró, entornó los párpados, me ofreció sus labios entreabiertos y me elevé a la Nada perdida la noción del Universo.
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jueves, 22 de julio de 2010

El sólo instante de la vida


Adoración a la Diosa Artés
Pierre Henri Picou
(1.824-1895)
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Hoy fui feliz al darme cuenta que sigo siendo yo, que si el tiempo menoscaba la carne que me envuelve, el ser que me conforma se mantiene arrogante y se rebela.

Nací libre, mas, nunca supe que lo era hasta oír aquella voz dentro de mí. “¡Despierta ya!” me dijo un día la conciencia; y la escuché. Volé sobre la tierra, se ampliaba el horizonte, se alejaban los hombres, los coches, las casas; se empequeñecían las ciudades y desaparecieron las cuitas, lo fausto y el hambre, lo poco y lo mucho. Allí, desde el cielo, hermanada el alma al Universo palpé la Creación y creí en el Edén.

Desde arriba, asumí que es efímera la vida, que apenas cuenta el tiempo, que es sólo la sensación sentida en cada nuevo instante, y lo vivo; lo vivo y lo consagro en tanto la conciencia no se imponga si atenta a mi moral.
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martes, 22 de junio de 2010

Dos palmeras en la playa

Imagen tomada de la Red
(Se retirará de inmediato si el autor lo desea,
y mi agradecimiento si lo autoriza.)
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La Luna ya está en menguante, pero hace dos noches lucía con todo su esplendor y al acostarme soñé…


Soñé en la playa, y también con ella meciéndose en las olas; sobre la arena, balanceaban dos palmeras por la fuerza del viento. Una muy cerca de la otra, crecían paralelas hacia el cielo sin que jamás llegaran a abrazarse, como mi Ella y yo.


Poco importa la distancia, mucha o poca, si no pueden rozar sus palmas las palmeras, ni nosotros nunca nuestras pieles.


En su paso por el cielo la luz de la Luna reflejaba sus sombras en la playa y le pregunté en mi sueño


–Selene ¿Tú la ves?
–La veo
–Dime ¿qué hace?
–Duerme, como tú
– ¡Oh, Selene! El viento no puede unir con su soplo a las dos palmeras que se me antojan símbolo de nuestros cuerpos, a las dos inclina a un tiempo ¿tú puedes?


Y Selene, diosa de los enamorados, susurró en mis oídos.


-Espera un poco, no despiertes.
-Quiero sentirla Selene, invítame a soñarla –y sonrió la Luna


A poco, observé que las sombras proyectadas por su luz se aproximaban según se deslizaba por el firmamento. ¡Oh, milagro! dos palmeras en la playa solapaban sus sombras formando una sola imagen. Su alma y mi alma, su cuerpo y mi cuerpo protegidos por Selene, a la luz de la Luna se besaban.
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Carlos Serra

martes, 1 de junio de 2010

Una alma pura en el balneario

 -El Jacuzzi me sentará bien - pensaba Leonor deseosa de meterse en el agua mientras se desprendía del jersey de cuello alto que la ahogaba.


Guardó su ropa en la taquilla y se dirigió a las instalaciones del Centro cuando, tras unos pasos, la detuvo el destello en una zapatilla que sobresalía del banco donde se sentó al descalzarse.


Al agacharse para descubrir qué le llamó la atención, observó con asombro que se trataba de una cadenita al parecer de oro. Alzó la cabeza para cerciorarse de si estaba sola y se dispuso a tomar la gargantilla, sin embargo, el espíritu de honradez que le inculcaron en el colegio de monjas hizo que titubease y se irguió no sin pesar, pero… había criticado tantas veces a quien se apropia de lo ajeno, que…


Ya en la puerta de salida sin decidirse a cruzarla, pensó que si no se la agenciaba ella lo haría la primera persona que entrase al vestuario.


Suspiró hondo porque la indecisión le disparaba la adrenalina y su corazón se aceleraba sin poder dominarlo. Volvió sobre sus pasos, se inclinó, y con mano temblorosa y los ojos cerrados, como no queriendo presenciar su renuncia, tomó la zapatilla por la parte trasera, la sostuvo unos segundos que le parecieron eternos y al fin la inclinó para que la modesta joya resbalara hasta la punta del calzado y con ella la maldita tentación.


Entró en el Jacuzzi, salió del Jacuzzi, se bañó bajo los chorros de agua, nadó en la piscina y disfrutó feliz de todas la instalaciones del SPA por haberse impuesto a una tentación -Qué sorpresa tendrá su dueña cuando se calce y encuentre su cadenita - y añadía -No es sólo el dinero que pueda valer ¿y si se lo obsequió un ser querido? ¿Cómo pude llegar a pensar…? - Y así una y mil razones satisfaciendo su alma limpia de pecado.


Ya en el vestuario, y frente al espejo, se miró con una sonrisa en los labios, que se fue borrando hasta cambiar a una mueca compungida al ver su cuello desnudo, y exclamó - ¡Mi gargantilla! ¡La medallita de mi madre! ¡Oh, no!-


Ni la zapatilla ni la gargantilla, sólo un papel sobre el banco en el que leyó “Gracias por el regalo”
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jueves, 22 de abril de 2010

Cómo la rueca


Los siete dioses de la buena suerte
Con los ojos en el cielo ando las veredas hollando a cada paso un punto de inflexión en mi Destino. No hay opción en el siguiente para evadir el rango que el azar otorga. Marioneta en manos de los dioses, sorteo a tientas barrizales o me hundo en la ciénaga si eludo los abrojos. Y qué pocos los huecos vacíos de infortunio; un acertijo es, calzar el pie donde Afrodita dejó su huella, o pisaron los Siete Dioses de la Buena Suerte.
Mas, nunca cede la esperanza y doy por muerto lo vivido, extraigo de reveses la experiencia para cambiar a un golpe de timón, la derrota sobre el mar de mis errores. Sean otros los confines, otro el horizonte donde la ilusión se mantenga como una luz que alumbre la existencia.
Se ha de saber que el mundo es una rueca girando sin cesar; que volverá el invierno y tornará otra vez la primavera verdeando las ramas de los árboles; que todo se repite en el ciclo interminable del sistema porque nunca se paran los relojes, pero al hombre se le desgasta el mundo aunque nazca cada día a su futuro. 
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sábado, 3 de abril de 2010

3ª carta que me escribo.




Soledad
*
 

Hoy es un día como tantos, como muchos, casi como todos, todo sigue igual en el mundo que me envuelve; vegeto entre la calma de un tiempo que el reloj detuvo perdidas las agujas de las horas. La vida es un hastío cuando la soledad te cerca y no hay más objetivo que mirar tras la ventana esperando que los cuerpos alarguen sus sombras. Hoy, se asoma el desencanto porque el silencio ahogó la primavera de un corazón esperanzado y vuelve la moviola a recordarme la efímera ilusión del pensamiento fiado en la ignorancia.

Sé que estoy en el tiempo y lugar equivocado, que nací tocado de nirvana y no asumo la renuncia al canto de otros dioses.

Y aunque me batan las olas cuanto quieran, alfombren de piedras mi sendero, de espino las veredas y un abismo de vacíos cerque el paso, no logrará el Destino acallar el grito de mi alma que clama en el desierto.

Prisionero de un sentir nunca vivido, seguiré soñando, y creyendo que el mundo es diferente, que un día romperán las cadenas que me enclaustran y el dios de las bondades me mostrará la senda.

Pero… pueda ser, que llegue tarde.

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Carlos Serra

miércoles, 24 de marzo de 2010

En la consulta

El Dr. Míguelez aparece en la puerta de su consultorio y pronuncia alzando la voz.
–Mariano Pérez
¬–Para servir a Dios y a usted –responde el paciente más próximo a la puerta en tanto se descubre de la boina e inclina respetuoso la cabeza.
–El doctor, algo sorprendido le invita a pasar diciéndole.
–Tome asiento y dígame que le pasa.
–Que tengo un dolor muy fuerte, aquí, en el estómago, ¿sabe usted?
– ¿Le ocurre con frecuencia?
–Pues mire usted, más que menos.
–Ya ¿Y desde cuando le aqueja ese dolor?
– ¿Desde cuando qué?
– ¿Qué desde cuando siente esa molestia?
– Hombre, a mí no me molesta, es que me duele, ¿sabe usted?
–Eso es lo que le pregunto, y desde cuando.
– ¡Ah! es que uno es del campo ¿sabe usted?
–No se preocupe, y dígame ¿Ha observado si sangra cuando defeca?

Mariano abre los ojos desmesuradamente ante la pregunta de si se desangra cuando hace no sabe qué y pregunta angustiado.

– ¿Y eso es malo doctor?

Y el doctor, que se arma de paciencia, le repite.

–No hombre, no. Lo que le pregunto es si ha descubierto sangre en las heces, si evacua con normalidad y si las deposiciones presentan un color negruzco.

El aturdido Mariano ya no entiende nada, pero piensa que el médico está empleando un lenguaje muy fino y deseando estar a la altura le responde.

–Mire usted, doctor, lo de las “disposiciones” lo entendí, pero no sé que es eso de las “feces” ni si es grave que sangren las “defecas”; a mí, lo que me pasa, es que me duele la barriga y cuando cago la mierda es blanda y tiene un aroma muy fuerte.


Carlos Serra

viernes, 13 de noviembre de 2009

Ya no la tengo


Imagen tomada de la Red



Aquél día se arrebujó en el alma su caricia y volaron al Olimpo mis sentidos. Querubines en el cielo cantaban al amor y enmascarados demonios tentaban la lujuria, mientras mi espíritu perdido danzaba entre los dos, y la razón, insensible, imponía su ley sin misericordia.

Mas, venció la consciencia de saber que la vida sólo alumbra el instante en que se vive y en cada uno se pierde el anterior, su dicha o su fracaso. Si una hora antes me hallaba sobre el brocal de los celos, fueron sus caricias bálsamo celeste para olvidarlos, una puerta al Edén del que no faltó morder del árbol la manzana.


¿Ilusión, ficción, deseo carnal, amor, dimensión etérea? ¿Y qué más da? Lo que importaba era la extroversión de mi sentir evidenciado al tacto de sus manos y la entrega de su cuerpo.

Ya no la tengo, y muero un poco cada día aferrado a su recuerdo, pero la espero en esas noches de desahucio que su presencia ahuyenta, porque es Ella mi Selene y yo Endimión, que si duermo la poseo y en la vigilia sueño sus besos.



Carlos Serra

viernes, 6 de noviembre de 2009

2ª carta que me escribo

 Esta es la segunda carta que me escribo porque me busco y no me hallo, y sé bien que soy quien soy, pero no me reconozco entre la gente, y si quiero descubrirme me evado del mundo y de mí mismo y navego el universo desde mi yo interior, me reconozco ente ausente de la tierra que habita los espacios infinitos. Aquí, mi cuerpo tendido no es más que el envoltorio vacío cuando el alma lo abandona, un hálito de vida le sostiene mientras el corazón late, pero está inerte si la mente que rige su conducta se haya en otra dimensión, igual que cuando duerme.
A veces pienso si mi cordura desvaría porque percibo el mudo ignoto, me asomo a los ancestros, al mundo no vivido, y me encuentro en el lugar de donde vine, al lugar que volveré, noche sin tiempo donde mi esencia se integrerá a un Todo.
Hoy, que penetré en esa dimensión desconocida prendida la mirada en unos ojos, supe que no estoy loco porque viví la ingravidez desprendida el alma de mi cuerpo. Un éxtasis infinito me invadió cuando se ausentó el entorno y fundido quedó el mundo en sus pupilas.
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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Desenfrenado amor en la casita del lago


Imágen tomada de la Red (merimss.lacoctelera.net...0601hagamos-amor)
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Seis tonos y al fin, la voz de Marta.

–¿Sí…?
–Hola, princesa, ¿te va bien a las siete?
–Hola, Nino ¿Tan tarde?
–He de pasar por el despacho a las seis para recoger unos planos que me son precisos, pero si te parece…
–No, no. Sólo lo dije por la cena. Por si se nos hace tarde.
–Ah, no te preocupes. Tengo una mesa reservada para las nueve y media en el restaurante Los Cisnes que tanto te gusta.
–Eres un encanto, mmmm… estás en todo.
–Pues quedamos a las siete. Te haré una llamada al móvil y bajas ¿vale?
-Sí, tesoro.

Marta era una mujer joven, 35 años, de cara aniñada y un cuerpo escultural; se había enamorado de José Luís, un hombre en esa edad en que la juventud palidece pero se compensa con la personalidad que otorgan los años. Arquitecto de profesión ya se le adjudicaban las obras más comprometidas aunque sólo fuera por prestigiarlas con su nombre.

Su dedicación al trabajo le consumía todas las horas del día y parte de la noche y, con su fortuna que se duplicaba constantemente, se permitía conseguir cualquier deseo, desde la propia mujer con la que se casó por una apuesta, hasta el derecho de pernada para pasar la noche de boda con la novia de un empleado suyo. Todo tenía su precio, decía, y no dudaba en pagarlo por alto que fuera para satisfacer su capricho.

Pero con Marta era otra cosa, no amor precisamente, pero afirmaba que esa mujer le había envenenado los sentidos, y no le importaba, era la válvula de escape que le mantenía al margen de su vida pública.

Para sus noches de amor había alquilado una hermosa casita con embarcadero, junto al embalse de Entrepeñas, en pleno bosque. Una lindeza. Dos o tres días al mes no se podía encontrar a José Luís porque se desconectaba del mundo para vivir con Marta las horas más felices de su vida. Nadie reconocería al famoso arquitecto recitando versos a su amada al pie de un sauce junto al lago, o riendo a mandíbula batiente las gracias de Marta que no hubiera despertado la sonrisa de un chiquillo.

–Si me olvidas creo que me arrojo al pantano, no lo soportaría, cielo –le decía Marta aparentando en su rostro la angustia que tal pensamiento le reportaba.
–Y si no te olvido, el desahuciado seré yo porque ya no se vivir sin tu aliento –respondía José Luís seguro de que no le convenía su empecinamiento por los encantos de Marta.
–¿No sabrías vivir sin estos bomboncitos que te vuelven loco? –Decía rozándose las protuberancias de los pezones erectos bajo la seda de su blusa.
–¿Quieres uno? -le incitaba con picardía.

Conocía bien las debilidades de Jos, y cómo explotarlas para conseguir cuanto quería. Sin embargo, no todo era interés por su bienestar social, los regalos, su dinero… Le gustaba, le tenía afecto y en las horas de amor le amaba, sí, era un hombre fogoso, un semental, y ella, toda fuego; una mujer nacida para Afrodita, una diosa plena de dulzura y bacante para cualquier orgía.

A las siete en punto José Luís llamaba por el móvil.

–¿Bajas? Estoy frente a tu casa – dijo al responder.
–En seguida, cariño.

Y al minuto siguiente ya estaba instalada en el asiento del Jaguar.

–Uf, estoy nerviosa, siempre me ocurre cuando has de venir.
– ¿Por qué, princesa?
– Por la ilusión de verte, amor, –lanzando un beso al aire para no mancharle los labios de carmín – por estar juntos. Siento siempre la misma sensación del primer día. ¡Ay, te quiero tanto…!
–Mi princesa, seguro que la ilusión mía aun es mayor –respondió José Luís agradeciendo sus palabras. Fuera verdad o mentira todo lo que alimentaba su egolatría le llenaba de satisfacción.

Cenaron en la terraza del restaurante. Las noches aun eran templadas a finales de agosto y el enorme
embalse, casi un mar bañando la luna, invitaba a la pareja al más puro romanticismo.

Entrelazadas sus manos, los ojos devolvían la mirada envuelta en la dulzura del deseo y brincaba el corazón en cada roce de los pies desnudos de Marta entre la piernas de José Luís.

– ¿Nos vamos? No aguanto más, Nino. – “Nino” era el adjetivo más cariñoso que le dedicaba cuando deseaba ser escuchada.

Minutos antes de las diez dejaban la carretera para adentrarse por un camino sin asfaltar. A poco más de dos kilómetros apareció la casita del bosque, cercada por un gran muro de piedra en tres de sus cuatro costados, el cuarto miraba al pantano desde el alto donde se había construido, y una gran terraza suspendida, le otorgaba una visión extraordinaria del paisaje.

Se abrió la verja al pulsar el telemando y el coche rodó con suavidad por el pasillo de grava hasta la puerta. A Marta le parecía un sueño, le gustaría quedarse allí para siempre junto al hombre que la cubría de atenciones y que en amor no era remiso.

Dos escalones, el porche, “tequieros” temblorosos y unos primeros besos en la penumbra. Ya en el interior encendieron las luces del salón amueblado con magnificencia y buen gusto.

–Ponte cómoda, princesa, y dime si te gusta lo que hay en el vestidor.
–Ayayay… seguro que es alguna sorpresita de las tuyas.

En tanto volvía, preparó dos copas y abrió una botella de Möet Chandón, atenuó las luces e hizo sonar en el equipo de música el Bolero de Rabel. Giró ligeramente el butacón donde se había sentado y esperaba ver aparecer a Marta por la salida del pasillo. No pudo reprimir un ¡oh! de admiración ante la belleza de aquel cuerpo envuelto en tul. Bajo el salto de cama la piel resplandecía más que la gargantilla de esmeraldas en su cuello, o el brazalete de brillantes en el tobillo.

–Eres una diosa, Marta ¿De dónde habrás llegado a la tierra? No sé si sueño o es realidad que soy el más afortunado de todos los hombres tan sólo en contemplarte –le susurraba convencido de expresar lo que sentía – Por nuestro amor, princesa, diosa del Olimpo – añadió al hacer sonar las dos copas en un brindis de ilusión.

–Querido, querido. Soy tuya, no sueñas ¿es qué no percibes el sabor de mis besos?

Y sus labios entreabiertos volvieron a encontrarse sintiendo la ansiedad por poseerse. Marta, incapaz de reprimirse, jadeaba excitando más la virilidad de José Luís, que no cejaba en acariciar su piel. Ora la espalda, ora su cuello, sus senos, sus nalgas. Todo su cuerpo en sus manos y, en el alma, el mayor amor del mundo en esos momentos.

–Ven, vamos, ya te dije en el restaurante que no aguantaba más, y ahora, ya no resisto, Nino.

Y entre besos y caricias llegaron al dormitorio. Él, se desvistió en segundos. Ella, esperaba tendida en el lecho ser liberada de la lencería por sus manos, sabía cuanto incrementaba su libido si con cada prenda sustraída serpenteaba su cuerpo ofrecido al hombre que la amaba.

Con exquisita dulzura paseaba sus labios la piel rosada, en tanto que sus dedos prolongaban la caricia descubriendo su flaqueza. Y volvieron los besos a recorrer perfiles, recovecos y vertientes, sus costados, su vientre…

Marta, sin dar tregua al vaivén de sus caderas, sentía cómo la lengua del hombre humedecía su entrepierna consiguiendo estremecerla. Al fin, posada en su hendidura, gritó arqueando la espalda en la gloria indescriptible del dios Eros.

–Espera, cielo, espera. Que se prolongue el éxtasis que nos embarga. ¿No olvidas algo?
– ¿Qué?
–Los pañuelos, mis muñecas. Me gusta sentirme indefensa entre tus brazos.
–Eres única. ¡Que mujer! También por eso te deseo tanto, hembra en celo que en mí se satisface, –murmuraba mientras con las prendas de lencería ataba sus muñecas a las esquinas de la cama.
–Los pies, también los pies, mis piernas abiertas, separadas dejando a tu hombría el paso libre.

José Luís apenas atinaba en anudar las sedas a las muñecas y pies de Marta. Cuando lo hizo la miró con los ojos entornados reflejando en su rostro la lujuria que lo poseía. Ésta era tal, que deseaba atenazar su cuello, ceñir entre sus dedos la belleza de aquel rostro sintiéndose dueño de su vida. La envolvió con sus besos, absorbió sus esencias vaginales y la cubrió con su cuerpo arremetiendo una y otra vez hasta proferir un grito prolongado más allá del orgasmo.


***



A los dos días se denunció la desaparición del famoso arquitecto don José Luís Gordon. Eran normales sus ausencias pero nunca su silencio. Se debía a sus múltiples compromisos y no podía permitirse la libertad de no dar señales de vida más allá de veinticuatro horas. Le vieron por última vez el lunes por la tarde y el miércoles se dio parte a la policía, al día siguiente en la primera página de todos los periódicos se anunciaba su desaparición, incluso, dejando entrever un posible secuestro. La noticia siguió siendo de interés durante los días siguientes en tanto no se tenía pista alguna sobre su extraña desaparición.

A la semana justa, en la casita de alquiler junto al pantano de Entrepeñas, donde José Luís y Marta gozaron por última vez sus horas de amor, irrumpía la policía no dando crédito a sus ojos ante la escena que contemplaban horrorizados.


……………………………



Han pasado tres meses y en un psiquiátrico de la provincia, una joven mujer, lívido el rostro y enormes ojeras, se halla en el jardín sentada en una silla de ruedas, con la mente vacía y la mirada perdida en una sola imagen. Sobre ella, envuelto en un hedor nauseabundo, yacía el cadáver descompuesto de un hombre, por cuyos orificios nasales, boca y ojos, asomaban los gusanos alimentados por la carne putrefacta, en tanto que persistía en sus oídos un desgarrado grito, mezcla de placer y muerte.
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Carlos Serra

sábado, 29 de agosto de 2009

El precio del amor





Autorretrato como mago
De: Pieter van Laer (Il Bamboccio)
*


El salón se halla tenuemente iluminado por la tarde que declina. Llega el otoño, y en estas fechas, hay días que apetece encender el hogar donde ahora chisporretean dos leños. Frente a él, sentados en el confortable sofá, Elis y Juan Manuel dialogan tomadas sus manos en actitud de ternura y confianza.

A él, bastante mayor que la bella mujer que tiene frente a sí siempre le ocasionó un complejo razonable de inseguridad para conseguir enamorarla. Ahora, que mantiene la mirada tan cerca de su rostro que puede aspirar su aliento, es incapaz de contener la emoción y le susurra con la voz entrecortada.


-Te lo aseguro Elis, y si quieres puedo jurarlo, que doy con gusto el resto de mi vida por despertar en ti el goce del amor entre mis brazos, aún por una sola noche.


-¡Anda ya! No exageres – responde Elis con una carcajada al aire en tanto que sus ojos brillan por el halago.


-Es como lo siento en este instante. No me queda otra ilusión en la vida más que este sentimiento que me vale un mundo. Tu boda con Rafa está próxima y asistiré a ella como la última ofrenda que puedo hacerte, después… que más me da cualquier cosa, cada hora que viva será un tormento.


-Calla por favor, me duele que hables así porque yo también te quiero con un cariño que me desborda en ternura, pero es distinto al amor que tú deseas. A Rafa le conocí antes que a ti, él me adora y creo que le amo, aunque ahora ya no estoy tan segura, además, su situación económica es la única tabla de salvación para no perderlo todo, sabes que estamos en la ruina total, mi padre está moralmente hundido y aunque no me lo pide abiertamente, sé que lo está deseando


-Elis, mi querida Elis, no puedes casarte por conveniencia, Elis.


-Si solo fuera eso no lo haría, pero yo también le quiero.


-Cariño, acabas de manifestar dudas.


-Ay… es que mirándote a los ojos mi espíritu se conmueve, la tristeza infinita que veo en ellos me apena tanto…


-Amor, amor, piensa lo que haces porque luego no hay retorno, pero no tengas en cuenta mis sentimientos.


-Que bueno eres, corazón.


-No lo creas, soy racional en este caso, una vez casada no podré acosarte ni querré verte porque sufriríamos los dos y te deseo lo mejor, aunque sea con otro hombre. Marcharé lejos, buscaré una casita en lo alto de un monte y viviré como ermitaño si es preciso, te dije que la vida no tiene sentido sin ti, y lo repito, la doy con gusto por una noche de amor contigo. Lo juro, lo juro, amor, lo juro sobre la Biblia, o ante el mismo demonio que me tiene el corazón envenenado –jura con desespero señalando la pintura de Pieter van Laer que cuelga en la pared.


Y Juanma, cierra los ojos para evitar que las lágrimas descubran el dolor que le acongoja mientras el dorso de su mano acaricia el rostro de la amada con exquisita delicadeza. Sus labios van posando pequeños besos de cariño en sus mejillas, su frente, su cuello, su pelo.


-Oh, Juanma, ho…


-No temas mi amor, sólo son besos tiernos, como a un bebé, besos que se escapan de la cárcel de mi boca donde están presos.


-Juanma… me vuelves loca, para, para que no puede ser.


Y Juan Manuel se separa unos centímetros para tomar su cara con mimo y mirándola a los ojos exclama.


-Te amo, Elis, te amo… -y en las pupilas de la joven advierte ser correspondido en tanto que sus labios se entreabren deseando el beso.


No pueden evadirse a la pasión que les envuelve y la caricia se prolonga hasta el ahogo. Ambos, extasiados en sus sabores, se sienten transportados a una dimensión ignota donde toda percepción de la realidad son sus almas unidas en un solo sentimiento.


-Ven –dice Elis sin desasirse del cuerpo de Juanma y caminan abrazados al dormitorio de la joven.


Cumplidas las primeras manifestaciones de apasionamiento Elis toma el teléfono de la mesilla de noche.


-Mamá, hola mamá, no me esperéis esta noche, me quedo en casa de dos amigas de la oficina. –Y tras despedirse de su madre desconecta el móvil y se abraza de nuevo a Juan Manuel.


-Te voy a deshacer amor mío, esta noche y todas las noches de nuestras vidas. Tú has ganado el universo para mí y ya sólo soy tuya. Lo siento por papá.


Hasta la madrugada, a Gloria les suenan las campanas cubriéndose de rosas los dos cuerpos e inundados de amor bajo las sábanas.



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Al despertar, Elis conecta el móvil y se alarma al leer un mensaje que dice “llámanos cuanto antes, cariño. Es importante. Mamá”

-Hola, mamá ¿qué ocurre? –y tras la respuesta, un grito de alegría sorprende a Juanma.


Al colgar le cuenta que su padre acertó trece resultados de una quiniela que, aunque no representa una gran fortuna, sobrará para solucionar su precaria situación económica.


La felicidad inunda a la pareja que se ven liberados de la responsabilidad adquirida al confesarse su amor rompiendo el pactado compromiso de boda con Rafa. Se abrazan de nuevo, y de nuevo se bañan en las mieles del amor con la pasión desatada.


La dicha parece completa, pero en pie queda un juramento ante el autorretrato de Pieter van Lae donde se lee en la partitura musical "Un canon para tres voces" esta lapidaria frase:


“El diablo no bromea, no juega a juegos”.

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Carlos Serra Ramos