martes, 22 de junio de 2010

Dos palmeras en la playa

Imagen tomada de la Red
(Se retirará de inmediato si el autor lo desea,
y mi agradecimiento si lo autoriza.)
*

La Luna ya está en menguante, pero hace dos noches lucía con todo su esplendor y al acostarme soñé…


Soñé en la playa, y también con ella meciéndose en las olas; sobre la arena, balanceaban dos palmeras por la fuerza del viento. Una muy cerca de la otra, crecían paralelas hacia el cielo sin que jamás llegaran a abrazarse, como mi Ella y yo.


Poco importa la distancia, mucha o poca, si no pueden rozar sus palmas las palmeras, ni nosotros nunca nuestras pieles.


En su paso por el cielo la luz de la Luna reflejaba sus sombras en la playa y le pregunté en mi sueño


–Selene ¿Tú la ves?
–La veo
–Dime ¿qué hace?
–Duerme, como tú
– ¡Oh, Selene! El viento no puede unir con su soplo a las dos palmeras que se me antojan símbolo de nuestros cuerpos, a las dos inclina a un tiempo ¿tú puedes?


Y Selene, diosa de los enamorados, susurró en mis oídos.


-Espera un poco, no despiertes.
-Quiero sentirla Selene, invítame a soñarla –y sonrió la Luna


A poco, observé que las sombras proyectadas por su luz se aproximaban según se deslizaba por el firmamento. ¡Oh, milagro! dos palmeras en la playa solapaban sus sombras formando una sola imagen. Su alma y mi alma, su cuerpo y mi cuerpo protegidos por Selene, a la luz de la Luna se besaban.
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Carlos Serra

martes, 1 de junio de 2010

Una alma pura en el balneario

 -El Jacuzzi me sentará bien - pensaba Leonor deseosa de meterse en el agua mientras se desprendía del jersey de cuello alto que la ahogaba.


Guardó su ropa en la taquilla y se dirigió a las instalaciones del Centro cuando, tras unos pasos, la detuvo el destello en una zapatilla que sobresalía del banco donde se sentó al descalzarse.


Al agacharse para descubrir qué le llamó la atención, observó con asombro que se trataba de una cadenita al parecer de oro. Alzó la cabeza para cerciorarse de si estaba sola y se dispuso a tomar la gargantilla, sin embargo, el espíritu de honradez que le inculcaron en el colegio de monjas hizo que titubease y se irguió no sin pesar, pero… había criticado tantas veces a quien se apropia de lo ajeno, que…


Ya en la puerta de salida sin decidirse a cruzarla, pensó que si no se la agenciaba ella lo haría la primera persona que entrase al vestuario.


Suspiró hondo porque la indecisión le disparaba la adrenalina y su corazón se aceleraba sin poder dominarlo. Volvió sobre sus pasos, se inclinó, y con mano temblorosa y los ojos cerrados, como no queriendo presenciar su renuncia, tomó la zapatilla por la parte trasera, la sostuvo unos segundos que le parecieron eternos y al fin la inclinó para que la modesta joya resbalara hasta la punta del calzado y con ella la maldita tentación.


Entró en el Jacuzzi, salió del Jacuzzi, se bañó bajo los chorros de agua, nadó en la piscina y disfrutó feliz de todas la instalaciones del SPA por haberse impuesto a una tentación -Qué sorpresa tendrá su dueña cuando se calce y encuentre su cadenita - y añadía -No es sólo el dinero que pueda valer ¿y si se lo obsequió un ser querido? ¿Cómo pude llegar a pensar…? - Y así una y mil razones satisfaciendo su alma limpia de pecado.


Ya en el vestuario, y frente al espejo, se miró con una sonrisa en los labios, que se fue borrando hasta cambiar a una mueca compungida al ver su cuello desnudo, y exclamó - ¡Mi gargantilla! ¡La medallita de mi madre! ¡Oh, no!-


Ni la zapatilla ni la gargantilla, sólo un papel sobre el banco en el que leyó “Gracias por el regalo”
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jueves, 22 de abril de 2010

Cómo la rueca


Los siete dioses de la buena suerte
Con los ojos en el cielo ando las veredas hollando a cada paso un punto de inflexión en mi Destino. No hay opción en el siguiente para evadir el rango que el azar otorga. Marioneta en manos de los dioses, sorteo a tientas barrizales o me hundo en la ciénaga si eludo los abrojos. Y qué pocos los huecos vacíos de infortunio; un acertijo es, calzar el pie donde Afrodita dejó su huella, o pisaron los Siete Dioses de la Buena Suerte.
Mas, nunca cede la esperanza y doy por muerto lo vivido, extraigo de reveses la experiencia para cambiar a un golpe de timón, la derrota sobre el mar de mis errores. Sean otros los confines, otro el horizonte donde la ilusión se mantenga como una luz que alumbre la existencia.
Se ha de saber que el mundo es una rueca girando sin cesar; que volverá el invierno y tornará otra vez la primavera verdeando las ramas de los árboles; que todo se repite en el ciclo interminable del sistema porque nunca se paran los relojes, pero al hombre se le desgasta el mundo aunque nazca cada día a su futuro. 
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sábado, 3 de abril de 2010

3ª carta que me escribo.




Soledad
*
 

Hoy es un día como tantos, como muchos, casi como todos, todo sigue igual en el mundo que me envuelve; vegeto entre la calma de un tiempo que el reloj detuvo perdidas las agujas de las horas. La vida es un hastío cuando la soledad te cerca y no hay más objetivo que mirar tras la ventana esperando que los cuerpos alarguen sus sombras. Hoy, se asoma el desencanto porque el silencio ahogó la primavera de un corazón esperanzado y vuelve la moviola a recordarme la efímera ilusión del pensamiento fiado en la ignorancia.

Sé que estoy en el tiempo y lugar equivocado, que nací tocado de nirvana y no asumo la renuncia al canto de otros dioses.

Y aunque me batan las olas cuanto quieran, alfombren de piedras mi sendero, de espino las veredas y un abismo de vacíos cerque el paso, no logrará el Destino acallar el grito de mi alma que clama en el desierto.

Prisionero de un sentir nunca vivido, seguiré soñando, y creyendo que el mundo es diferente, que un día romperán las cadenas que me enclaustran y el dios de las bondades me mostrará la senda.

Pero… pueda ser, que llegue tarde.

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Carlos Serra

miércoles, 24 de marzo de 2010

En la consulta

El Dr. Míguelez aparece en la puerta de su consultorio y pronuncia alzando la voz.
–Mariano Pérez
¬–Para servir a Dios y a usted –responde el paciente más próximo a la puerta en tanto se descubre de la boina e inclina respetuoso la cabeza.
–El doctor, algo sorprendido le invita a pasar diciéndole.
–Tome asiento y dígame que le pasa.
–Que tengo un dolor muy fuerte, aquí, en el estómago, ¿sabe usted?
– ¿Le ocurre con frecuencia?
–Pues mire usted, más que menos.
–Ya ¿Y desde cuando le aqueja ese dolor?
– ¿Desde cuando qué?
– ¿Qué desde cuando siente esa molestia?
– Hombre, a mí no me molesta, es que me duele, ¿sabe usted?
–Eso es lo que le pregunto, y desde cuando.
– ¡Ah! es que uno es del campo ¿sabe usted?
–No se preocupe, y dígame ¿Ha observado si sangra cuando defeca?

Mariano abre los ojos desmesuradamente ante la pregunta de si se desangra cuando hace no sabe qué y pregunta angustiado.

– ¿Y eso es malo doctor?

Y el doctor, que se arma de paciencia, le repite.

–No hombre, no. Lo que le pregunto es si ha descubierto sangre en las heces, si evacua con normalidad y si las deposiciones presentan un color negruzco.

El aturdido Mariano ya no entiende nada, pero piensa que el médico está empleando un lenguaje muy fino y deseando estar a la altura le responde.

–Mire usted, doctor, lo de las “disposiciones” lo entendí, pero no sé que es eso de las “feces” ni si es grave que sangren las “defecas”; a mí, lo que me pasa, es que me duele la barriga y cuando cago la mierda es blanda y tiene un aroma muy fuerte.


Carlos Serra

viernes, 13 de noviembre de 2009

Ya no la tengo


Imagen tomada de la Red



Aquél día se arrebujó en el alma su caricia y volaron al Olimpo mis sentidos. Querubines en el cielo cantaban al amor y enmascarados demonios tentaban la lujuria, mientras mi espíritu perdido danzaba entre los dos, y la razón, insensible, imponía su ley sin misericordia.

Mas, venció la consciencia de saber que la vida sólo alumbra el instante en que se vive y en cada uno se pierde el anterior, su dicha o su fracaso. Si una hora antes me hallaba sobre el brocal de los celos, fueron sus caricias bálsamo celeste para olvidarlos, una puerta al Edén del que no faltó morder del árbol la manzana.


¿Ilusión, ficción, deseo carnal, amor, dimensión etérea? ¿Y qué más da? Lo que importaba era la extroversión de mi sentir evidenciado al tacto de sus manos y la entrega de su cuerpo.

Ya no la tengo, y muero un poco cada día aferrado a su recuerdo, pero la espero en esas noches de desahucio que su presencia ahuyenta, porque es Ella mi Selene y yo Endimión, que si duermo la poseo y en la vigilia sueño sus besos.



Carlos Serra

viernes, 6 de noviembre de 2009

2ª carta que me escribo

 Esta es la segunda carta que me escribo porque me busco y no me hallo, y sé bien que soy quien soy, pero no me reconozco entre la gente, y si quiero descubrirme me evado del mundo y de mí mismo y navego el universo desde mi yo interior, me reconozco ente ausente de la tierra que habita los espacios infinitos. Aquí, mi cuerpo tendido no es más que el envoltorio vacío cuando el alma lo abandona, un hálito de vida le sostiene mientras el corazón late, pero está inerte si la mente que rige su conducta se haya en otra dimensión, igual que cuando duerme.
A veces pienso si mi cordura desvaría porque percibo el mudo ignoto, me asomo a los ancestros, al mundo no vivido, y me encuentro en el lugar de donde vine, al lugar que volveré, noche sin tiempo donde mi esencia se integrerá a un Todo.
Hoy, que penetré en esa dimensión desconocida prendida la mirada en unos ojos, supe que no estoy loco porque viví la ingravidez desprendida el alma de mi cuerpo. Un éxtasis infinito me invadió cuando se ausentó el entorno y fundido quedó el mundo en sus pupilas.
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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Desenfrenado amor en la casita del lago


Imágen tomada de la Red (merimss.lacoctelera.net...0601hagamos-amor)
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Seis tonos y al fin, la voz de Marta.

–¿Sí…?
–Hola, princesa, ¿te va bien a las siete?
–Hola, Nino ¿Tan tarde?
–He de pasar por el despacho a las seis para recoger unos planos que me son precisos, pero si te parece…
–No, no. Sólo lo dije por la cena. Por si se nos hace tarde.
–Ah, no te preocupes. Tengo una mesa reservada para las nueve y media en el restaurante Los Cisnes que tanto te gusta.
–Eres un encanto, mmmm… estás en todo.
–Pues quedamos a las siete. Te haré una llamada al móvil y bajas ¿vale?
-Sí, tesoro.

Marta era una mujer joven, 35 años, de cara aniñada y un cuerpo escultural; se había enamorado de José Luís, un hombre en esa edad en que la juventud palidece pero se compensa con la personalidad que otorgan los años. Arquitecto de profesión ya se le adjudicaban las obras más comprometidas aunque sólo fuera por prestigiarlas con su nombre.

Su dedicación al trabajo le consumía todas las horas del día y parte de la noche y, con su fortuna que se duplicaba constantemente, se permitía conseguir cualquier deseo, desde la propia mujer con la que se casó por una apuesta, hasta el derecho de pernada para pasar la noche de boda con la novia de un empleado suyo. Todo tenía su precio, decía, y no dudaba en pagarlo por alto que fuera para satisfacer su capricho.

Pero con Marta era otra cosa, no amor precisamente, pero afirmaba que esa mujer le había envenenado los sentidos, y no le importaba, era la válvula de escape que le mantenía al margen de su vida pública.

Para sus noches de amor había alquilado una hermosa casita con embarcadero, junto al embalse de Entrepeñas, en pleno bosque. Una lindeza. Dos o tres días al mes no se podía encontrar a José Luís porque se desconectaba del mundo para vivir con Marta las horas más felices de su vida. Nadie reconocería al famoso arquitecto recitando versos a su amada al pie de un sauce junto al lago, o riendo a mandíbula batiente las gracias de Marta que no hubiera despertado la sonrisa de un chiquillo.

–Si me olvidas creo que me arrojo al pantano, no lo soportaría, cielo –le decía Marta aparentando en su rostro la angustia que tal pensamiento le reportaba.
–Y si no te olvido, el desahuciado seré yo porque ya no se vivir sin tu aliento –respondía José Luís seguro de que no le convenía su empecinamiento por los encantos de Marta.
–¿No sabrías vivir sin estos bomboncitos que te vuelven loco? –Decía rozándose las protuberancias de los pezones erectos bajo la seda de su blusa.
–¿Quieres uno? -le incitaba con picardía.

Conocía bien las debilidades de Jos, y cómo explotarlas para conseguir cuanto quería. Sin embargo, no todo era interés por su bienestar social, los regalos, su dinero… Le gustaba, le tenía afecto y en las horas de amor le amaba, sí, era un hombre fogoso, un semental, y ella, toda fuego; una mujer nacida para Afrodita, una diosa plena de dulzura y bacante para cualquier orgía.

A las siete en punto José Luís llamaba por el móvil.

–¿Bajas? Estoy frente a tu casa – dijo al responder.
–En seguida, cariño.

Y al minuto siguiente ya estaba instalada en el asiento del Jaguar.

–Uf, estoy nerviosa, siempre me ocurre cuando has de venir.
– ¿Por qué, princesa?
– Por la ilusión de verte, amor, –lanzando un beso al aire para no mancharle los labios de carmín – por estar juntos. Siento siempre la misma sensación del primer día. ¡Ay, te quiero tanto…!
–Mi princesa, seguro que la ilusión mía aun es mayor –respondió José Luís agradeciendo sus palabras. Fuera verdad o mentira todo lo que alimentaba su egolatría le llenaba de satisfacción.

Cenaron en la terraza del restaurante. Las noches aun eran templadas a finales de agosto y el enorme
embalse, casi un mar bañando la luna, invitaba a la pareja al más puro romanticismo.

Entrelazadas sus manos, los ojos devolvían la mirada envuelta en la dulzura del deseo y brincaba el corazón en cada roce de los pies desnudos de Marta entre la piernas de José Luís.

– ¿Nos vamos? No aguanto más, Nino. – “Nino” era el adjetivo más cariñoso que le dedicaba cuando deseaba ser escuchada.

Minutos antes de las diez dejaban la carretera para adentrarse por un camino sin asfaltar. A poco más de dos kilómetros apareció la casita del bosque, cercada por un gran muro de piedra en tres de sus cuatro costados, el cuarto miraba al pantano desde el alto donde se había construido, y una gran terraza suspendida, le otorgaba una visión extraordinaria del paisaje.

Se abrió la verja al pulsar el telemando y el coche rodó con suavidad por el pasillo de grava hasta la puerta. A Marta le parecía un sueño, le gustaría quedarse allí para siempre junto al hombre que la cubría de atenciones y que en amor no era remiso.

Dos escalones, el porche, “tequieros” temblorosos y unos primeros besos en la penumbra. Ya en el interior encendieron las luces del salón amueblado con magnificencia y buen gusto.

–Ponte cómoda, princesa, y dime si te gusta lo que hay en el vestidor.
–Ayayay… seguro que es alguna sorpresita de las tuyas.

En tanto volvía, preparó dos copas y abrió una botella de Möet Chandón, atenuó las luces e hizo sonar en el equipo de música el Bolero de Rabel. Giró ligeramente el butacón donde se había sentado y esperaba ver aparecer a Marta por la salida del pasillo. No pudo reprimir un ¡oh! de admiración ante la belleza de aquel cuerpo envuelto en tul. Bajo el salto de cama la piel resplandecía más que la gargantilla de esmeraldas en su cuello, o el brazalete de brillantes en el tobillo.

–Eres una diosa, Marta ¿De dónde habrás llegado a la tierra? No sé si sueño o es realidad que soy el más afortunado de todos los hombres tan sólo en contemplarte –le susurraba convencido de expresar lo que sentía – Por nuestro amor, princesa, diosa del Olimpo – añadió al hacer sonar las dos copas en un brindis de ilusión.

–Querido, querido. Soy tuya, no sueñas ¿es qué no percibes el sabor de mis besos?

Y sus labios entreabiertos volvieron a encontrarse sintiendo la ansiedad por poseerse. Marta, incapaz de reprimirse, jadeaba excitando más la virilidad de José Luís, que no cejaba en acariciar su piel. Ora la espalda, ora su cuello, sus senos, sus nalgas. Todo su cuerpo en sus manos y, en el alma, el mayor amor del mundo en esos momentos.

–Ven, vamos, ya te dije en el restaurante que no aguantaba más, y ahora, ya no resisto, Nino.

Y entre besos y caricias llegaron al dormitorio. Él, se desvistió en segundos. Ella, esperaba tendida en el lecho ser liberada de la lencería por sus manos, sabía cuanto incrementaba su libido si con cada prenda sustraída serpenteaba su cuerpo ofrecido al hombre que la amaba.

Con exquisita dulzura paseaba sus labios la piel rosada, en tanto que sus dedos prolongaban la caricia descubriendo su flaqueza. Y volvieron los besos a recorrer perfiles, recovecos y vertientes, sus costados, su vientre…

Marta, sin dar tregua al vaivén de sus caderas, sentía cómo la lengua del hombre humedecía su entrepierna consiguiendo estremecerla. Al fin, posada en su hendidura, gritó arqueando la espalda en la gloria indescriptible del dios Eros.

–Espera, cielo, espera. Que se prolongue el éxtasis que nos embarga. ¿No olvidas algo?
– ¿Qué?
–Los pañuelos, mis muñecas. Me gusta sentirme indefensa entre tus brazos.
–Eres única. ¡Que mujer! También por eso te deseo tanto, hembra en celo que en mí se satisface, –murmuraba mientras con las prendas de lencería ataba sus muñecas a las esquinas de la cama.
–Los pies, también los pies, mis piernas abiertas, separadas dejando a tu hombría el paso libre.

José Luís apenas atinaba en anudar las sedas a las muñecas y pies de Marta. Cuando lo hizo la miró con los ojos entornados reflejando en su rostro la lujuria que lo poseía. Ésta era tal, que deseaba atenazar su cuello, ceñir entre sus dedos la belleza de aquel rostro sintiéndose dueño de su vida. La envolvió con sus besos, absorbió sus esencias vaginales y la cubrió con su cuerpo arremetiendo una y otra vez hasta proferir un grito prolongado más allá del orgasmo.


***



A los dos días se denunció la desaparición del famoso arquitecto don José Luís Gordon. Eran normales sus ausencias pero nunca su silencio. Se debía a sus múltiples compromisos y no podía permitirse la libertad de no dar señales de vida más allá de veinticuatro horas. Le vieron por última vez el lunes por la tarde y el miércoles se dio parte a la policía, al día siguiente en la primera página de todos los periódicos se anunciaba su desaparición, incluso, dejando entrever un posible secuestro. La noticia siguió siendo de interés durante los días siguientes en tanto no se tenía pista alguna sobre su extraña desaparición.

A la semana justa, en la casita de alquiler junto al pantano de Entrepeñas, donde José Luís y Marta gozaron por última vez sus horas de amor, irrumpía la policía no dando crédito a sus ojos ante la escena que contemplaban horrorizados.


……………………………



Han pasado tres meses y en un psiquiátrico de la provincia, una joven mujer, lívido el rostro y enormes ojeras, se halla en el jardín sentada en una silla de ruedas, con la mente vacía y la mirada perdida en una sola imagen. Sobre ella, envuelto en un hedor nauseabundo, yacía el cadáver descompuesto de un hombre, por cuyos orificios nasales, boca y ojos, asomaban los gusanos alimentados por la carne putrefacta, en tanto que persistía en sus oídos un desgarrado grito, mezcla de placer y muerte.
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Carlos Serra

sábado, 29 de agosto de 2009

El precio del amor





Autorretrato como mago
De: Pieter van Laer (Il Bamboccio)
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El salón se halla tenuemente iluminado por la tarde que declina. Llega el otoño, y en estas fechas, hay días que apetece encender el hogar donde ahora chisporretean dos leños. Frente a él, sentados en el confortable sofá, Elis y Juan Manuel dialogan tomadas sus manos en actitud de ternura y confianza.

A él, bastante mayor que la bella mujer que tiene frente a sí siempre le ocasionó un complejo razonable de inseguridad para conseguir enamorarla. Ahora, que mantiene la mirada tan cerca de su rostro que puede aspirar su aliento, es incapaz de contener la emoción y le susurra con la voz entrecortada.


-Te lo aseguro Elis, y si quieres puedo jurarlo, que doy con gusto el resto de mi vida por despertar en ti el goce del amor entre mis brazos, aún por una sola noche.


-¡Anda ya! No exageres – responde Elis con una carcajada al aire en tanto que sus ojos brillan por el halago.


-Es como lo siento en este instante. No me queda otra ilusión en la vida más que este sentimiento que me vale un mundo. Tu boda con Rafa está próxima y asistiré a ella como la última ofrenda que puedo hacerte, después… que más me da cualquier cosa, cada hora que viva será un tormento.


-Calla por favor, me duele que hables así porque yo también te quiero con un cariño que me desborda en ternura, pero es distinto al amor que tú deseas. A Rafa le conocí antes que a ti, él me adora y creo que le amo, aunque ahora ya no estoy tan segura, además, su situación económica es la única tabla de salvación para no perderlo todo, sabes que estamos en la ruina total, mi padre está moralmente hundido y aunque no me lo pide abiertamente, sé que lo está deseando


-Elis, mi querida Elis, no puedes casarte por conveniencia, Elis.


-Si solo fuera eso no lo haría, pero yo también le quiero.


-Cariño, acabas de manifestar dudas.


-Ay… es que mirándote a los ojos mi espíritu se conmueve, la tristeza infinita que veo en ellos me apena tanto…


-Amor, amor, piensa lo que haces porque luego no hay retorno, pero no tengas en cuenta mis sentimientos.


-Que bueno eres, corazón.


-No lo creas, soy racional en este caso, una vez casada no podré acosarte ni querré verte porque sufriríamos los dos y te deseo lo mejor, aunque sea con otro hombre. Marcharé lejos, buscaré una casita en lo alto de un monte y viviré como ermitaño si es preciso, te dije que la vida no tiene sentido sin ti, y lo repito, la doy con gusto por una noche de amor contigo. Lo juro, lo juro, amor, lo juro sobre la Biblia, o ante el mismo demonio que me tiene el corazón envenenado –jura con desespero señalando la pintura de Pieter van Laer que cuelga en la pared.


Y Juanma, cierra los ojos para evitar que las lágrimas descubran el dolor que le acongoja mientras el dorso de su mano acaricia el rostro de la amada con exquisita delicadeza. Sus labios van posando pequeños besos de cariño en sus mejillas, su frente, su cuello, su pelo.


-Oh, Juanma, ho…


-No temas mi amor, sólo son besos tiernos, como a un bebé, besos que se escapan de la cárcel de mi boca donde están presos.


-Juanma… me vuelves loca, para, para que no puede ser.


Y Juan Manuel se separa unos centímetros para tomar su cara con mimo y mirándola a los ojos exclama.


-Te amo, Elis, te amo… -y en las pupilas de la joven advierte ser correspondido en tanto que sus labios se entreabren deseando el beso.


No pueden evadirse a la pasión que les envuelve y la caricia se prolonga hasta el ahogo. Ambos, extasiados en sus sabores, se sienten transportados a una dimensión ignota donde toda percepción de la realidad son sus almas unidas en un solo sentimiento.


-Ven –dice Elis sin desasirse del cuerpo de Juanma y caminan abrazados al dormitorio de la joven.


Cumplidas las primeras manifestaciones de apasionamiento Elis toma el teléfono de la mesilla de noche.


-Mamá, hola mamá, no me esperéis esta noche, me quedo en casa de dos amigas de la oficina. –Y tras despedirse de su madre desconecta el móvil y se abraza de nuevo a Juan Manuel.


-Te voy a deshacer amor mío, esta noche y todas las noches de nuestras vidas. Tú has ganado el universo para mí y ya sólo soy tuya. Lo siento por papá.


Hasta la madrugada, a Gloria les suenan las campanas cubriéndose de rosas los dos cuerpos e inundados de amor bajo las sábanas.



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Al despertar, Elis conecta el móvil y se alarma al leer un mensaje que dice “llámanos cuanto antes, cariño. Es importante. Mamá”

-Hola, mamá ¿qué ocurre? –y tras la respuesta, un grito de alegría sorprende a Juanma.


Al colgar le cuenta que su padre acertó trece resultados de una quiniela que, aunque no representa una gran fortuna, sobrará para solucionar su precaria situación económica.


La felicidad inunda a la pareja que se ven liberados de la responsabilidad adquirida al confesarse su amor rompiendo el pactado compromiso de boda con Rafa. Se abrazan de nuevo, y de nuevo se bañan en las mieles del amor con la pasión desatada.


La dicha parece completa, pero en pie queda un juramento ante el autorretrato de Pieter van Lae donde se lee en la partitura musical "Un canon para tres voces" esta lapidaria frase:


“El diablo no bromea, no juega a juegos”.

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Carlos Serra Ramos

miércoles, 12 de agosto de 2009

El gran atasco



Las horas punta
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Sentado en un banco del amplio bulevar, Javier observa complacido el atasco de coches que inútilmente intentan circular por la gran avenida de entrada a la ciudad.

El ensordecedor sonido de los claxon hace más estresante la obligada espera; los conductores se apean para otear, hasta dónde, la larga caravana que ocupa los cuatro carriles de la avenida. Bajan las ventanillas para jurar y blasfemar con el conductor vecino y maldecir desde al Sr. Alcalde al Presidente del Gobierno. Por si fuera poco, un tramo más adelante –justo frente a donde se encuentra Javier presenciando el caos –un coche se halla detenido sin nadie en su interior dificultando aún más la circulación.

–Pobre gente, hasta es posible que alguno sufra un infarto, eso es peor a que se te apague la lámpara practicando la espeleología a cincuenta metros de profundidad.

Con estas reflexiones para sí, y expectante, enciende un cigarrillo dispuesto a esperar hasta ver que pasa.

Veinte minutos después la situación no ha cambiado, pero un coche de policía consigue llegar al lugar donde el vehículo, al parecer averiado, es el prncipal obstáculo. Presencia divertido cómo los más próximos gritan y gesticulan sin que los agentes se inmuten ni respondan. Mientras dos de ellos empujan el automóvil un tercero mueve el volante y pronto queda aparcado sobre el paseo del bulevar.

Luego, a fuerza de pitido y moviendo los brazos como aspas, en unos pocos minutos van logrando que el tráfico se descongestione y media hora más tarde la circulación vuelve a su normalidad.

El coche sigue aparcado sobre el paseo y Javier que terminó su segundo cigarrillo da por finalizado el pasatiempo, mira su reloj y se dirige al automóvil, levanta el limpiaparabrisas, recoge la denuncia y se introduce en su interior mientras piensa.

–Las diez treinta. Bueno, hice tarde a la oficina y como ya se puede circular me vuelvo a casa; mi psiquiatra lleva razón, nada mejor para el estres que no inmutarse.



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Carlos Serra